Las víctimas no son siempre como pensamos

 

Somos seres humanos y nos es casi inevitable hacer juicios de valor, etiquetar e incluso crearnos ideas preconcebidas,lo hacemos sobre ciertas personas y también sobre cosas. Claramente tenemos lástima de las personas que sufren el delito: las víctimas, creemos que son personas vulnerables, necesitadas de protección y sobre todo, que no saben lo que las conviene y que nosotros debemos decidir por ellas.Por otro lado, pensamos  que las víctimas de por si, son muy punitivas, que lo que buscan es penas más duras, y eso hace que automáticamente demos por hecho,  que no habrá víctimas que quieran participar en un proceso restaurativo. Tenemos las ideas tan preestablecidas, que nisiquiera valoramos la posibilidad de que alguna víctima incluso de un delito grave, necesite de esta justicia más humana. Decimos que no vemos la Justicia Restaurativa en algunos delitos de más gravedad y ponemos de excusa a las víctimas, entonces ¿si alguna si quiere un proceso restaurativo?. Pues no serían pocos los que las juzgaran porque según, lo que consideramos “normal”, las víctimas siempre claman por venganza y son muy punitivas.

 

Sin embargo, esto no siempre es así, cada persona somos diferentes a otras, y hay que respetar que muchas solo deseen el proceso penal normal y otras busquen, algo más que las pueda ayudar. Todas son personas que han sufrido un delito y merecen nuestro respeto. Incluso para muchas víctimas, el reclamar penas más duras es lo que exclusivamente pueden pedir y a lo que se aferran porque  parece que es lo único que la  Justicia Penal está dispuesta a concederlas: el castigo al infractor, la prisión y por eso, se aferran a más castigo, porque creen que sus necesidades se van a ver atendidas de una forma proporcional, es decir más castigo a la vez que más reparación del daño. Pero la realidad se ve una y otra vez, porque nunca es suficiente con castigar a los autores del delito, siempre hay que llegar al mismo tiempo a ayudar a las víctimas y estar con ellas en sus momentos de mayor vulnerabilidad y necesidad para que puedan sacar fuerza de nuestra solidaridad, tanto en el aspecto práctico como emocional

 

Las víctimas suelen ser unánimes en su opinión de que la expectativa más importante que se tenía de los profesionales judiciales, era la de ser tratado con respeto. Sus expectativas tratan sobre todo en el deseo de sentir confianza con la información sobre el delito, el delincuente y acerca de las opciones que el tribunal considera para dar respuesta a su caso. Y sin embargo, la opción siempre es primero y sobre todas las cosas, el castigo, la lente a través que mira la justicia penal tradicional está enfocada al estado como víctima y a qué castigo merece el infractor, como si esto satisfaciera a las víctimas, las ayudara en su recuperación del trauma de sufrir un delito y/o supusiera una forma de repararlas el daño.

 

Pero es que además, la mayoría de las víctimas, lo que necesitan es sentir que hay un responsable, que el infractor se ha responsabilizado del daño que ha causado, para ellas esta vindicación que las hace sentirse respetadas y escuchadas es casi más importante que la reparación o restitución en si misma. Otra reclamación de las víctimas que indica que no son tan punitivas como pensamos, es que quieren sentir que otras personas no pasaran por lo mismo, es decir quieren recuperar el sentimiento de seguridad, que el infractor asuma el delito, tome conciencia y por eso, no volverá a delinquir. Sin duda, estas necesidades de las víctimas se abordan de una manera más eficaz, con un cambio de lente acerca de como enfocar la justicia, pasando de la retributiva a la restaurativa, atendiendo necesidades como la de información, validación, reivindicación, restitución, el testimonio, la seguridad y el apoyo.

 

Publicado por Virginia Domingo

CRISTINA SÁNCHEZ MIRET

Según he leído, Albert Rivera se ha ofrecido a Felipe VI como mediador entre PP y PSOE para conseguir gobierno. Es posible que lo haya influido –más allá de la bandera del cambio y el diálogo que ahora enarbola– que nos en­contremos en la semana de la mediación. Hecho que ha situado el concepto en una posición de privilegio en la agenda comunicativa de estos días.

El día 21 era el día europeo de la Mediación, un valor en alza de la cultura europea, dado que la resolución de conflictos desde la judicialización de los mismos no es sólo muchas veces un callejón sin salida, o un camino del todo insatisfactorio, es sin duda, un trayecto muy costoso, tanto para el Estado como para la ciudadanía. En este último caso no sólo monetariamente, sino también desde el punto de vista del tiempo y de las emociones.

Ahora bien, para mediar, de verdad, no puedes ser arte y parte. No puedes tener intereses propios en el resultado de la mediación, más allá de aquellos que presupongan que las partes implicadas lleguen a un resultado bastante satisfactorio para todas ellas y, por lo tanto, que el conflicto se acabe.

Tengo que reconocer que delante de tanta judicialización de la política, la mediación parezca una buena salida también en este caso; pero pediría –aparte de recordar que la mediación es conveniente que la hagan profesionales bien preparados– que en el ámbito de la política se quedaran con el concepto del diálogo –en lo que ya le han hecho bastante daño–, el del acuerdo y el pacto. ¿Dónde se supone que ha quedado el viejo arte de hablar? Sería deseable que no perviertan ningún otro. Más todavía uno nuevo que se está abriendo camino en la sociedad civil como una manera positiva de resolver desavenencias.

La mediación, aunque con trayectoria corta desde el punto de vista de su instauración oficial y con poca incidencia todavía en nuestra sociedad, tiene por delante un buen futuro; sin que eso quiera decir que ya no habrá que ir, para nada, a los tribunales convencionales. Tiene futuro no sólo porque todavía no es lo bastante conocida y tiene que extender su alcance, sino también porque supone un tipo de acuerdo –evidentemente sólo en los casos que tiene éxito– que permite restaurar las relaciones convivenciales entre las partes. Cosa que difícilmente pasa después de un proceso judicial que aboca a un escenario de vencedores y vencidos.